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en la civilización sumeria, milenios antes de Cristo, y luego
en la china, hindú, egipcia, hebrea, griega y romana, al
cora-zón se lo consideraba como el centro del entendimiento,
del valor y del amor.
Un poema sumerio, 2.500 años antes de Cristo, expresa
“sentía latir su corazón lleno de orgullo”
con el cual podríamos decir nace el simbolismo del
corazón.
En la literatura de la antigua India y China, comienzan también
a aparecer referencias al corazón como centro del entendimiento
y del amor. Los egipcios, quienes ya conocían las características
ana-tómicas del corazón dada la extracción
de las vísceras que hacían a las momias, también
lo consideraban el órgano central del ser humano.
En un museo de Bruselas existe un papiro que data de 1.600 años
antes de Cristo con la imagen del corazón, lo que puede conside-rarse
como la representación gráfica más antigua
del mismo.
También para los griegos, el corazón era la sede de
los senti-mientos y pasiones; lo demuestra Homero en algunos de
sus escritos.
Alrededor del siglo V antes de Cristo comienza en Grecia un debate
sobre donde se localizaba el alma. Hipócrates, el más
famo-so médico griego, sostenía que residía
en la cabeza pero como no eran muy convincentes sus expli-caciones
fueron los filósofos, que en esos momentos contaban con gran
reputación, los designados para definir la cuestión.
Así fue como Platón sostuvo que existían dos
almas: una inmortal en la cabeza y otra mortal, res-ponsable de
la inteligencia y los sentimientos que residía en el corazón.
En cambio, Aristóteles propuso que el alma era una sola |
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Con la llegada
del cristianismo, el simbolismo
del corazón toma otras dimensiones.
Del corazón herido de Cristo traspasado
por una lanza nace la Iglesia. Para los primeros
cristianos, el corazón fue el símbolo
de la bondad, de la caridad de Cristo,
concepto que aún perdura.
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y se encontraba en el corazón. Pero por supuesto,
todas estas, eran especulaciones filosóficas.
En el siglo IV antes de Cristo algunos médicos griegos
de la escuela de Alejandría comienzan a estudiar
la circulación de la sangre y la importancia del
pulso que como se sabe, es la manifestación de los
latidos del corazón.
Cuenta la Historia que uno de ellos, Erasístrato,
fue llamado por el rey de los sirios, hombre sep-tuagenario,
para que cure a su hijo pues se estaba muriendo. Des-pués
de un atento examen, el médico solicita que todas
las mu-jeres que viven en la corte desfilen frente al enfermo.
Al pasar la esposa del rey, muy joven y bella, nota que
el pulso del joven comienza a latir en forma rápida
e irregular. Comunica su diagnós-tico al rey y éste
resuelve sepa-rarse de su esposa y la casa con su hijo,
quien cura definitivmente
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Es la primera vez que
se pone en evidencia la relación del ritmo cardíaco
y las emociones amoro-sas. Quizás a partir de ese hecho,
el corazón es estrechamente rela-cionado con el amor.
Con la llegada del cristianismo, el simbolismo del corazón
toma o-tras dimensiones. Del corazón he-rido de Cristo
traspasado por una lanza nace la Iglesia. Para los pri-meros
cristianos, el corazón fue el símbolo de la
bondad, de la cari-dad de Cristo, concepto que aún
perdura. El mismo había dicho: “Aprended de mí
que soy manso y humilde de corazón”. A partir
del siglo XII comienza la devo-ción al Sagrado Corazón
de Jesús.
Pero simultáneamente al emblema del corazón
como representante del amor sagrado, durante la Edad Media
comienza también a ser símbolo del amor carnal.
Poetas, trovadores y novelistas son los responsables de ello
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través de múltiples
canciones de amor.
Para ellos, el corazón era el órgano desde donde nacían
las pasiones. Se habla de corazón ligero, corazón
cruel, corazón de piedra, gran corazón, sin corazón,
corazón destrozado.
A partir del siglo XVI comienza a aparecer la imagen del corazón
atravesado por una flecha como signo del amor e incluso la clásica
figura de Cupido, dios del amor en la mitología romana, que
es representado por la mayoría de los pintores renacentistas
como un hermoso adolescente alado con un arco y muchas flechas con
las cuales atraviesa el corazón de los amantes y que todos
conocemos.
En nuestro siglo, alrededor de los años 60, gracias al impulso
del movimiento hippie, se multiplica-ron los objetos y joyas en
forma de corazón como símbolo del amor para posteriormente
trans-formarse incluso en un emblema comercial.
Si bien hoy ya sabemos que es en el cerebro donde se manifiesta
toda nuestra vida psíquica y afectiva, seguimos considerando
al corazón como sede de las pa-siones y los sentimientos.
Es que hay una interacción per-manente entre el cerebro y
el corazón. Los sentimientos que experimentamos repercuten
siem-pre en el corazón y éste es el que manifiesta
nuestras sensaciones psíquicas. Esta interdependencia explica
quizás la larga discusión metafísica que siempre
existió en las diferentes civilizaciones sobre el lugar del
alma.
Alguien hace un tiempo escribió:
“Mientras haya en este mundo árboles y enamorados,
en ellos seguirá habiendo corazones como símbolos
del amor”.
¿Seguirá siendo cierto?
Ojalá lo sea.
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